viernes, 2 de noviembre de 2012

El Reino de los castigos (I)


Erase una vez un reino en el que todo el mundo era castigado. En este reino todo giraba en torno al castigo, la gente trabajaba, estudiaba y vivía para evitar un mal mayor. Había un gran rey, o al menos eso pensaban, porque como él decía “sólo quiero el bien de mi pueblo”. La gente cumplía con sus obligaciones pero lo hacían con desgana, no tenían sueldo sólo iban a trabajar porque si no iban recibirían un castigo mayor. Había gente que había sido castigada con ser encerradas en su casa por días y días, sin poder salir, y vivían gracias a que familiares cercanos le proporcionaban alimentos. La gente desconfiaba de los demás, cuando venían forasteros y ofrecían su ayuda todos salían corriendo “algo querrá a cambio” pensaban. Los castigos que el rey propinaba eran largos y a veces muy injustos, por ejemplo, si alguien había tardado más de la cuenta en pagar el diezmo se le castigaba pero, a veces, por temas burocráticos, ese castigo se aplicaba meses más tarde, cuando ya casi todo el mundo se había olvidado de la infracción.

Así la gente crecía en el pueblo y los niños/as que vivieron los castigos los aplicaban con sus hijos cuando ya eran adultos y éstos, a su vez, con sus hijos, y así sucesivamente.

Era un pueblo sin alegría, con temor, miedo e inseguridad. El Reino de los castigos.  

Muchos niños viven en un reino de castigos, en el que sus padres, no sabiendo qué hacer para que su hijo cambie el comportamiento aumenta más el nivel de castigos, más y más, consiguiendo el efecto contrario, o cómo muchos padres dicen, “los castigos es que ya le dan igual, no surten efecto”.

Se dice que los buenos educadores no necesitan castigar, aunque también es cierto que es un recurso más que los padres pueden utilizar para poner límites a sus hijos/as. Sin embargo hay que saber usarlos porque, al igual que los premios, si se usan de forma inadecuada, pueden reportar más daño que beneficio.

¿ cómo hacer para que un castigo sea educativo?

  • Los castigos tienen que salir desde el afecto y con carácter orientador. El castigo no debe ser humillante. Las humillaciones sólo sirven para minar la autoestima del niño/a. Por lo tanto es importante “elogiar en público y censurar en privado”.
  • Los castigos deben ser proporcionados a las faltas. No nos vale de nada aplicar castigos eternos o que sean muy intensos ya que el niño/a se termina habituando o bien si es muy intenso se aisla para no sentirlo.
  • Tienen que ser aplicados de la forma más inmediata posible, o más cercana en el tiempo a la conducta que queremos corregir. Cuanto más se alargue en el tiempo más poder pierden los castigos. Por ejemplo, “te castigo sin salir el fin de semana porque el lunes no apuntaste los deberes en la agenda” (ha pasado demasiado tiempo, es preferible que el castigo a aplicar sea el mismo día o cómo mucho al día siguiente de lo sucedido).
  • Debe ser abierto, es decir, tiene que ir acompañado de las pautas específicas para poder revertir el castigo. A veces las pautas sólo es el tiempo que debe pasar(por ejemplo,” cuando pasen x minutos de castigo puedes volver a jugar”) y otras veces las pautas pueden indicar qué tiene que rehacer o reparar para revertirlo (por ejemplo, vas a limpiar la mesa de las pinturas que has tirado y luego podremos volver a jugar)
  • Un castigo no debe proporcionar ventaja. Por ejemplo, si un niño/a adolescente llega tarde a casa obviamente no lo vamos a castigar esa noche pero al día siguiente debe asumir que hay que levantarse temprano, o también, si lleva los deberes sin hacer debe asumir que el profesor/a lo valorará de forma negativa. O también si castigamos a nuestro niño/a con 5 minutos en su habitación “pensando” y éste se dedica a jugar con los juguetes, obviamente, pierde toda su fuerza el castigo.


¿Es suficiente con los castigos?

Los castigos por sí solos educan de una manera transitoria y no consiguen instaurar los hábitos de igual manera que lo hacen los refuerzos, por lo tanto tienen que ir siempre acompañados de éstos últimos para poder proporcionar la motivación suficiente a los niños y que no se vuelva a repetir.


Prohibido, Nunca, Never

El castigo físico. Hay gente que piensa que por una “cachetada” no pasa nada y que “a mi me pegaron y mira lo bien que he salido”. Si bien es cierto que se aprende de forma rápida, está más que demostrado que cuando uno aprende por las “cachetadas” lo hace porque tiene miedo a que le vuelvan a dar una, no porque haya entendido qué es lo que está mal.  Además corremos el riesgo de que “se nos vaya la mano” y que después nos arrepintamos. ¿Qué padre se queda tranquilo después de pegarle a su hijo/a?  De todas formas este tema daría para una entrada entera.

Levantar los castigos para que veas que “somos buenos contigo hijo/a”, es decir, no quitamos los castigos por “pena”. Si vemos que nos hemos pasado con el castigo, ya sea en intensidad o en cualidad, es importante que se lo hagamos saber y que como mucho le rebajemos un poco el castigo pero que nunca lo quitemos del todo. Si quitamos el castigo totalmente antes de tiempo corremos el riesgo de que nuestras palabras cuando le riñamos pierdan toda la importancia para el niño/a.

Obviamente está prohibido poner castigos sin sentido. Esto es, los castigos tienen que ir enmarcados en un contexto y con un sentido lógico para que entienda porqué se le está castigando y para que aprenda de esto. Si le ponemos castigos porque nos hemos enfadado o porque estamos de mal humor y queremos que nos deje tranquilos corremos el riesgo de covertirlo en algo abusivo.


Más vale prevenir

De los castigos no se debe abusar, es más, hay gente que piensa que se puede educar sin ellos. Lo cierto es que es un recurso más a la disposición de los adultos para ayudar a los niños/as a integrarse en la sociedad y mejorar su desarrollo emocional y comportamental. Los castigos, siempre adecuados a la edad del niño/a, deben aplicarse desde que éstos tienen un vínculo afectuoso con los adultos.


Fuente: Esparza Arizpeleta, R. "Valor de los premios y castigos en la educación"